Ayer, 11:09 AM
Recuerdo, como si fuera ayer, mis días de colegio en aquel pueblo perdido del norte, donde las calles huelen a hierba segada y el trasiego de animales. Aunque en la familia no sobraba el dinero, había lo suficiente para que yo estudiase en aquel colegio, propiedad de una orden religiosa donde tanto sacerdotes como seglares se encargaban de sacar de la ignorancia a esos niñotes de pueblo que no sabían de la vida mucho más allá que las flores salen en primavera y que en otoño caen las hojas de los árboles, marchitándose y deshaciéndose al caer en el suelo húmedo lleno de musgo y hojarrasca.
El Padre Recaredo era un cura viejo, de unos cincuenta. A esa edad todos eran viejos, con su testuz vacía de pelo, su tez blanquecina y sus ridículos espejuelos redondos. Era mi profesor de filosofía, y nos preparaba con esmero para el examen de selectividad, donde se preciaba de que ninguno de sus alumnos sacaba nunca menos de un ocho.
"Padre". "Díme". "Tengo problemas con los presocráticos, no acabo de entender muy bien lo de la antigua Grecia". "Pues eso es fundamental. Mira que el concepto de átomo hasta viene de ahí". "Ya, es que no acabo de coger muy bien lo de que Sócrates no dejó escritos, y que fue Platón, el de anchas espaldas, el que transcribió todos sus cuentos". "Diálogos, no cuentos, te voy a dar una...".
El Padre Recaredo me incitó a leer algunos textos de esa época, no necesariamente filosóficos, pero que sí reflejaban la mentalidad de los antiguos griegos. Me llamó la atención que en casi todos se hablaba de sexo sin complejos, y se describía con detalles más que visuales los encuentros sexuales entre alumnos y maestros. Me sorprendió mucho, no conocía eso de los antiguos griegos.
"Por qué no pasas esta tarde por mi despacho y aclaramos todas tus dudas?" me propuso la semana siguiente. "Mejor al acabar las clases, que está todo mucho más tranqulo", añadió.
A eso de las cinco y media me acerqué por su despacho. El Padre Recaredo no llevaba la casulla puesta, sino que iba vestido de lo más normal, con unos vaqueros y una camisa de manga corta, con dos botones desabrochados por donde brotaba el pelo blanco y rizado de su pecho.
"Pasa, pasa, siéntate en ese sofá, que estaremos más cómodos", me dijo mientras señalaba un sofá de tres plazas de cuero bastante ajado por los años. Se ve que se echaba allí sus siestas, porque los cojines estaban de lo más deformados. "Espera que cierro la puerta, así no nos molesta nadie".
"Qué, echaste una ojeada a los libros que te presté?", me preguntó mientras posaba su mano en mi rodilla.
Ese gesto, por otra parte tan natural, incitó algo en mí que no había sentido antes. Será por el entorno agradable y de confianza que había creado, por su atuendo, o por sentir su mano en mi cuerpo, pero mi juventud afloró dejando liberar todas las hormonas que cabían en mi cuerpo y me empalmé al instante. Intenté colocarme en el sofá para disimular el bulto que abultaba mi pantalón de chandal, pero el gesto resultó fatal porque el cojín en el que estaba sentado resbaló hasta casi caerse al suelo, con lo que no me quedó más remedio que levantarme exponiendo el bulto que provocaba mi miembro frente a su cara.
Él sonrió. "Parece que sí, que has leído los libros. ¿No te parece una época de la humanidad de lo más interesante? Piensa que todo lo que somos hoy como sociedad emana de aquellas personas y aquellos comportamientos...". "Ya, Padre, pero es que hoy no es muy normal que un alumno y un profesor tengan sexo". "Uhy, que va, es de lo más normal, no te pienses. Lo que pasa es que hay que ser discreto. Te he visto en clase y en el patio, y parece que tienes alguna que otra relación más especial que las demás con ese amigo tuyo, Rodri, verdad?"
Me sonrojé al instante y temblé de miedo al pensar que nos había visto en el patio, quizá incluso que nos había seguido hasta los baños y que se había quedado escuchando mientras yo le comía la polla a Rodri día sí y día no porque me encantaba el sabor de su semen.
"Es que Rodri de vez en cuando también se pasa por aquí y me lo ha contado, sabes?". Ahora sí que no salía de mi asombro. "Padre, pero eso es pecado".
"Arrodíllate, que te voy a confesar"."Que te arrodilles, coño!", me gritó mientras me empujaba con su mano en el hombro hacia el suelo. Me agarró la mano mientras yo estaba en el suelo y me la llevó a su paquete, que estaba tan duro como el mío, guiándola durante unos segundos en el magreo.
Se soltó el cinturón y se bajó la cremallera del pantalón, dejando ver el bulto de su polla en sus calzoncillos largos y sus piernas sin bello. Y me pareció hermoso. Le bajé la cintura del calzón hasta que su polla salió a la luz de repente, golpeándome la cara. Él se la agarró con una mano, y colocó la otra con fuerza en mi sien. "Reza", me dijo, "reza por que Dios omnipotente perdone todos tus pecados".
"Qué reces, coño!" me instó, y cuando abrí la boca para decir el Padrenuestro me la insertó de golpe hasta la garganta. Quise recular, pero me agarraba firmememente por el cuello, y me empezó a follar rápido y profundo hasta casi hacerme vomitar.
Creo que la operación duró poco más de diez segundos, aunque a mí me parecieron horas, y de repente sentí cómo se corría en mi boca y cómo se relajaba. Me levanté, cogí mi mochila y salí corriendo.
"Vuelve mañana", me soltó, " que te voy a explicar lo de los sofistas". Y cerró la puerta.
El Padre Recaredo era un cura viejo, de unos cincuenta. A esa edad todos eran viejos, con su testuz vacía de pelo, su tez blanquecina y sus ridículos espejuelos redondos. Era mi profesor de filosofía, y nos preparaba con esmero para el examen de selectividad, donde se preciaba de que ninguno de sus alumnos sacaba nunca menos de un ocho.
"Padre". "Díme". "Tengo problemas con los presocráticos, no acabo de entender muy bien lo de la antigua Grecia". "Pues eso es fundamental. Mira que el concepto de átomo hasta viene de ahí". "Ya, es que no acabo de coger muy bien lo de que Sócrates no dejó escritos, y que fue Platón, el de anchas espaldas, el que transcribió todos sus cuentos". "Diálogos, no cuentos, te voy a dar una...".
El Padre Recaredo me incitó a leer algunos textos de esa época, no necesariamente filosóficos, pero que sí reflejaban la mentalidad de los antiguos griegos. Me llamó la atención que en casi todos se hablaba de sexo sin complejos, y se describía con detalles más que visuales los encuentros sexuales entre alumnos y maestros. Me sorprendió mucho, no conocía eso de los antiguos griegos.
"Por qué no pasas esta tarde por mi despacho y aclaramos todas tus dudas?" me propuso la semana siguiente. "Mejor al acabar las clases, que está todo mucho más tranqulo", añadió.
A eso de las cinco y media me acerqué por su despacho. El Padre Recaredo no llevaba la casulla puesta, sino que iba vestido de lo más normal, con unos vaqueros y una camisa de manga corta, con dos botones desabrochados por donde brotaba el pelo blanco y rizado de su pecho.
"Pasa, pasa, siéntate en ese sofá, que estaremos más cómodos", me dijo mientras señalaba un sofá de tres plazas de cuero bastante ajado por los años. Se ve que se echaba allí sus siestas, porque los cojines estaban de lo más deformados. "Espera que cierro la puerta, así no nos molesta nadie".
"Qué, echaste una ojeada a los libros que te presté?", me preguntó mientras posaba su mano en mi rodilla.
Ese gesto, por otra parte tan natural, incitó algo en mí que no había sentido antes. Será por el entorno agradable y de confianza que había creado, por su atuendo, o por sentir su mano en mi cuerpo, pero mi juventud afloró dejando liberar todas las hormonas que cabían en mi cuerpo y me empalmé al instante. Intenté colocarme en el sofá para disimular el bulto que abultaba mi pantalón de chandal, pero el gesto resultó fatal porque el cojín en el que estaba sentado resbaló hasta casi caerse al suelo, con lo que no me quedó más remedio que levantarme exponiendo el bulto que provocaba mi miembro frente a su cara.
Él sonrió. "Parece que sí, que has leído los libros. ¿No te parece una época de la humanidad de lo más interesante? Piensa que todo lo que somos hoy como sociedad emana de aquellas personas y aquellos comportamientos...". "Ya, Padre, pero es que hoy no es muy normal que un alumno y un profesor tengan sexo". "Uhy, que va, es de lo más normal, no te pienses. Lo que pasa es que hay que ser discreto. Te he visto en clase y en el patio, y parece que tienes alguna que otra relación más especial que las demás con ese amigo tuyo, Rodri, verdad?"
Me sonrojé al instante y temblé de miedo al pensar que nos había visto en el patio, quizá incluso que nos había seguido hasta los baños y que se había quedado escuchando mientras yo le comía la polla a Rodri día sí y día no porque me encantaba el sabor de su semen.
"Es que Rodri de vez en cuando también se pasa por aquí y me lo ha contado, sabes?". Ahora sí que no salía de mi asombro. "Padre, pero eso es pecado".
"Arrodíllate, que te voy a confesar"."Que te arrodilles, coño!", me gritó mientras me empujaba con su mano en el hombro hacia el suelo. Me agarró la mano mientras yo estaba en el suelo y me la llevó a su paquete, que estaba tan duro como el mío, guiándola durante unos segundos en el magreo.
Se soltó el cinturón y se bajó la cremallera del pantalón, dejando ver el bulto de su polla en sus calzoncillos largos y sus piernas sin bello. Y me pareció hermoso. Le bajé la cintura del calzón hasta que su polla salió a la luz de repente, golpeándome la cara. Él se la agarró con una mano, y colocó la otra con fuerza en mi sien. "Reza", me dijo, "reza por que Dios omnipotente perdone todos tus pecados".
"Qué reces, coño!" me instó, y cuando abrí la boca para decir el Padrenuestro me la insertó de golpe hasta la garganta. Quise recular, pero me agarraba firmememente por el cuello, y me empezó a follar rápido y profundo hasta casi hacerme vomitar.
Creo que la operación duró poco más de diez segundos, aunque a mí me parecieron horas, y de repente sentí cómo se corría en mi boca y cómo se relajaba. Me levanté, cogí mi mochila y salí corriendo.
"Vuelve mañana", me soltó, " que te voy a explicar lo de los sofistas". Y cerró la puerta.
50 tacos, 1,83m, 88k, velludo sin ser un oso, mas activo que pasivo, y me gusta que me den un buen masaje de rato en rato. Limpieza fundamental, odio los malos olores.

